La genética influye mucho más de lo que solemos admitir en el rendimiento, la lesión y la respuesta al entrenamiento. Existen genes que condicionan tu potencial aeróbico, la rigidez de tus tendones, tu eficiencia mecánica e incluso cómo reaccionas a sustancias externas. Dos personas pueden entrenar igual y obtener resultados opuestos por motivos genéticos reales. Sin embargo, el ADN no es una excusa: marca límites, pero no justifica malos hábitos.

Esto sí es cuestión de GENÉTICA

La genética tiene un peso real, profundo y, en muchos aspectos, innegociable en tu vida y en tu rendimiento deportivo. No eliges tus genes, no los entrenas y no puedes cambiarlos con motivación. Están ahí desde el primer día y condicionan mucho más de lo que solemos aceptar.

Existen genes concretos que influyen directamente en tu potencial aeróbico, tu capacidad para generar fuerza, tu respuesta al entrenamiento y tu tolerancia a la carga. Algunos determinan si tienes más facilidad para deportes de resistencia o para disciplinas explosivas. Otros afectan a la rigidez de tus tendones, a cómo almacenas y liberas energía o a cuánta tralla soportan tus tejidos antes de romperse.

Hay personas que nacen con tendones más rígidos, más eficientes para correr rápido… y al mismo tiempo más propensos a lesionarse si no se gestionan bien las cargas. Otras tienen estructuras más “permisivas”, menos reactivas, pero también más resistentes al volumen. No es justo, pero es real.

La genética también explica por qué dos personas, haciendo exactamente el mismo entrenamiento, responden de forma radicalmente distinta. Por qué uno mejora y otro se estanca. Por qué alguien se lesiona una y otra vez “haciendo lo mismo que los demás”. Incluso por qué algunas personas responden más o menos a sustancias externas: sí, también el dopaje depende del ADN.

Ahora bien, aquí viene la parte incómoda: entender la genética no sirve para justificarte. Sirve para responsabilizarte mejor. Porque tus genes ponen el techo, pero el suelo lo pones tú. No entrenar, dormir mal, comer peor o vivir estresado no es culpa del ADN.

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